Hoy BioBioChile publicó mi nueva columna de opinión, escrita a 35 años de la independencia de Ucrania.
La independencia de un país no puede ser relativa ni quedar condicionada por los intereses de una potencia vecina. Tampoco debería depender de su tamaño, de su ubicación geográfica o de las alianzas que otro Estado considere aceptables.
En el caso de Ucrania, este principio resulta particularmente importante porque buena parte del debate internacional continúa formulándose alrededor de qué debería aceptar, ceder o renunciar el país para satisfacer las exigencias de Rusia.
Pero existe una pregunta anterior a todas esas discusiones:
¿Estamos dispuestos a aceptar que algunos Estados tengan menos derecho que otros a decidir su propio futuro?
La independencia proclamada en 1991 no fue una decisión tomada por una élite ni el resultado accidental de la desaparición de la Unión Soviética. Fue ratificada mediante un referéndum en el que más del 90 % de quienes participaron votaron a favor, con mayorías en todas las regiones del país.
Treinta y cinco años después, ese principio vuelve a estar en discusión.
Porque hablar de soberanía significa reconocer también el derecho de una sociedad a elegir sus instituciones, sus relaciones internacionales y el camino que desea recorrer. Podemos debatir sus decisiones, cuestionarlas o considerarlas equivocadas. Lo que no podemos hacer es conceder a otro Estado el derecho de decidirlas en su lugar.
Sobre eso trata “La independencia no admite tutelas”, mi nueva columna en BioBioChile.
Los invito a leerla y, por supuesto, a debatirla.
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